El crecimiento acelerado del uso de patinetas y motocicletas eléctricas en manos de niños y adolescentes se ha convertido en una bomba de tiempo en nuestras calles. Lo que comenzó como una alternativa de movilidad moderna y económica hoy opera, en muchos sectores del país, sin ningún tipo de control, regulación ni conciencia del peligro que representa.
En barrios populares de Santo Domingo Este y Santiago de los Caballeros, estos vehículos circulan a cualquier hora del día, zigzagueando entre carros, guaguas y peatones. Su casi total ausencia de ruido los vuelve aún más peligrosos: aparecen de repente, sin aviso, provocando colisiones, atropellos y accidentes que ya están dejando heridos y, potencialmente, podrían costar vidas.
La preocupación aumenta cuando se confirma que muchos de estos vehículos son manejados por menores de edad, sin licencia, sin casco, sin ningún equipo de protección y, en muchos casos, sin el conocimiento de sus propios padres. A esto se suma un negocio informal irresponsable: flotillas de motocicletas eléctricas alquiladas a niños y adolescentes, sin controles, sin permisos y sin asumir consecuencias.
No se trata solo de una falta de supervisión familiar, aunque también es un tema de padres y tutores que miran hacia otro lado. Aquí hay una responsabilidad clara del Estado. Organismos como la Digesett, el Intrant y la Policía Nacional no pueden seguir reaccionando después de la tragedia. Se necesitan acciones inmediatas: regulación estricta, fiscalización real, sanciones al alquiler ilegal, prohibición efectiva del uso por menores y una fuerte campaña de educación vial.
Este problema no está aislado. Forma parte de una crisis mayor de seguridad vial que incluye a motociclistas tradicionales que conducen sin casco, a alta velocidad, bajo los efectos del alcohol y violando las normas de tránsito. El resultado es una estadística de muertes que sigue creciendo y que ya no puede normalizarse.
Si no se actúa ahora, el uso descontrolado de patinetas y motocicletas eléctricas terminará convirtiéndose en una tragedia cotidiana. El país aún está a tiempo de evitarlo, pero el reloj corre, y cada día de inacción pone más vidas en riesgo.




